CRÓNICA. Deshuesadero

Dentro de la programación de obras del Festival Sala de Parto 2017 se presentó ‘Deshuesadero’; texto de Carlos Gonzales Villanueva, montado por la Compañía de Teatro Físico bajo la dirección de Fernando Castro.

Este montaje se estrenó durante el año 2016 en una temporada que se desarrolló en dos salas, un espacio alternativo barranquino y el Teatro Ricardo Blume.

El texto de ‘Deshuesadero’ presenta la historia de Esteban, un joven con serios problemas de adaptación que se prepara para una entrevista laboral.

Gonzales Villanueva puebla la obra de diálogos que alternan y combinan la reflexión existencialista, especialmente en los monólogos del protagonista; y el absurdo, que abunda en las interacciones con sus familiares y empleadores.

Esta lógica del absurdo se hace presente tanto en los juegos de palabras existentes como en las dinámicas de la realidad que presenta la obra.

Y es que en los diálogos persiste un permanente entrampamiento en temas sin importancia, un retorno al punto de inicio, una sensación de no avance, que se combina con un trato condescendiente o humillante hacia el protagonista.

Esto es acompañado por un tránsito entre escenas que no abona a una dinámica realista -aparición de un hermano muerto, sucesos en espacios temporales inconexos-, con lo cual se apela a una lógica que combina diferentes planos de la realidad.

Ante ello, el director opta por llevar estas características al extremo. Y es que Castro elige no aclarar al espectador las pistas que le permitan entender los saltos temporales o los planos de realidad y fantasía. En vez de ello refuerza el extrañamiento a partir de una estética bizarra que, a medida que la obra avanza, se dirige inevitablemente hacia el exceso.

Así, al discurso filosófico y quejumbroso del protagonista, Castro lo acompaña -y le opone- planteamientos y estéticas cercanas al absurdo que resultan válidas como metáfora.

De esta manera, la jefa de personal, que ejerce el poder real y simbólico sobre el postulante, es una mujer vestida de rojo que realiza una secuencia acrobática aérea con la que seduce, somete y anula al futuro trabajador.

El jefe con quien debe negociar un aumento, quisquilloso en cuanto a las formas de expresarse, es un extraño personaje barbado y femenino. Los padres, que quieren más al hijo muerto o al cachorro nuevo, se encuentran en las fronteras del payaso. El hermano muerto, es un elegante personaje que usa un falso acento extranjero.

Así, si en el texto Esteban se enfrenta a un mundo para el que no está listo, en el montaje este mundo es desaforado, aberrante, cruel, monstruoso… a la altura de la pesadez de sus palabras, del (sin) sentido de sus quejas, de su derrotismo militante.

Sin embargo, el segundo acto muestra las fisuras entre la propuesta dramatúrgica y las decisiones de dirección. Pues, el alejamiento de la realidad que propone el texto -donde Esteban se observa a sí mismo muerto y en diálogo con los diferentes personajes- es llevado (una vez más) al extremo en la puesta en escena.

Y es que Castro opta jugar con la irrealidad. Si bien cumple con las acotaciones presentes en el texto original, no se rige a éstas de manera que le sea fácil al espectador seguir las pistas. Eso lleva al observador a un estado de mayor confusión, dónde el recurso que le queda a mano es entregarse al viaje surreal.

Llegado a este punto se deben realizar dos observaciones.

Por un lado el texto, una vez que se ha expuesto a Esteban como alguien frágil para este mundo y, también, como alguien condescendiente consigo mismo, agota su discurso. El colocar al protagonista en diferentes situaciones abona a la aparición de nuevos recursos retóricos, pero no de más líneas de acción. Así, la brillantez de la escritura, su apuesta por el sarcasmo y el absurdo, su habilidad para el humor negro, termina redundando conceptualmente en el discurso lastimero.

Del mismo modo, el montaje lleva su apuesta hasta el extremo. Así, lo bizarro llega a nuevos niveles en una huida hacia adelante de características delirantes. Y es que una vez planteado el universo estético -visual, espacial, de código de interpretación- de la puesta en escena resulta difícil imaginar un viraje hacia otra dirección.

Gonzales Villanueva compone, en ‘Deshuesadero’, un texto de profunda densidad, el cual resulta difícil de abordar sin caer en el lugar común de la desgracia y la auto conmiseración. Castro y la Compañía de Teatro Físico asumen estas dificultades con la exigencia artística que la obra demanda. Sus excesos abonan en el misterio y el extrañamiento, su estética vitaliza el pulso más profundo del texto. El resultado es un montaje que reta al espectador y que lo pone en un lugar donde su satisfacción está de la mano de su tolerancia al exceso.

(*) Imagen tomada de aquí.

Dramaturgia: Carlos Gonzales Villanueva.
Dirección: Fernando Castro.
En escena: Diego Cabello, Rómulo Assereto, Rodrigo Rodriguez, Sammy Zamalloa, Leonor Estrada, Walter Ramírez, Telmo Arévalo.
Producción: Compañía de Teatro Físico.
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