CRÓNICA. Exhumación

“Somos hombres, hemos sido criados como hombres, educados como hombres, por nuestros padres, por la calle y por nuestra fuerza. No dudamos, no flaqueamos y no nos tragamos ni nos come ninguna ambigüedad. Eso es para todos los demás, nosotros somos hombres, somos machos”.

Luego de su estreno en el Festival Sótano 2 de la Universidad del Pacífico, y de una temporada de reposición en el Centro Cultural Yuyachkani, ‘Exhumación’ se presentó en el marco del FAE Lima. Esta obra, de Angeldemonio Colectivo Escénico, es dirigida por Miguel Rubio Zapata; quien, luego de algunos años, vuelve a dirigir un montaje a un equipo artístico no formado por miembros del Grupo Yuyachkani.

‘Exhumación’ es un montaje complejo que ofrece varias capas de material simbólico. A partir de las acciones físicas de los intérpretes, y de un delicado tramado entre utilería, vestuario, sonorización y escenografía, el montaje aborda la problemática de género desde la perspectiva masculina. Sin ser auto conmiserativa, pese a poner en evidencia una serie dolorosa de mandatos, la obra problematiza los hábitos y tradiciones que conforman la construcción de la identidad del varón.

‘Exhumación’ se plantea como un ritual en varios niveles. El inicial, y quizá el más evidente, se hace notorio desde antes que el público ingrese a la sala.

Los intérpretes, ataviados con vestuarios de danzantes de los Shapis de Chupaca, reciben a los espectadores compartiendo con ellos un calientito (*). Al ingresar a la sala, el ambiente sonoro invita a imaginarse una fiesta patronal andina. El barullo, los sones de bandas tradicionales desplazándose, la lejana voz de un animador, definen la atmósfera.

En el escenario, el piso sucio -como después de una fiesta-, una cruz de camino desarmada y el colorido -y violento- mural del fondo del escenario, alimentan la sensación de ser parte de un ambiente festivo y ritual.

Luego de su ingreso, los intérpretes realizan una breve presentación de su danza. Al terminar, caen y son cubiertos con tierra por el director, quien ingresa al escenario. Este entierro simbólico da inicio a otro nivel de ritualidad, más violenta y cotidiana.

Ambos intérpretes se despojan de sus vestuarios de danzantes y se visten nuevamente. Su nueva indumentaria es simple, genérica: jeans, camiseta. Su calzado -botines- y su bolso los uniformiza, son de tipo militar.

La relación entre los dos intérpretes/personajes cambia. Si antes formaban parte de una comunidad (miembros de una comparsa de la danza guerrera de los Shapis), ahora parecen ser dos desconocidos.

Sin mediar palabras, los personajes se empiezan a relacionar. Su vínculo se plasma en escenas con dos niveles de representación. Uno cotidiano, y otro simbólico.

En el primero, se construye lentamente un nivel de confianza, incluso de ternura; el cual se encuentra permanentemente merodeado por la violencia. Así, el compartir comida, el beber cerveza, el jugar, o el sencillo hecho de esperar, pueden ser un espacio para la competencia, la burla o la humillación.

En el segundo tipo de escenas, la relación entre los personajes es más simbólica y se vincula con los elementos escenográficos. La cruz de camino desarmada, las manos, pies y el rostro del Cristo, la pared con inscripciones machistas y homofóbicas, o la bolsa colmada de calzado militar, forman parte de cuadros donde la violencia ya no se refleja en la humillación o la burla; sino en el maltrato, el sometimiento y la tortura.

Ambos tipos de escena se diferencian, además, en las acciones físicas y la calidad de energía de los intérpretes. Esta sutil disparidad, es un elemento esencial del código de representación que impone la obra. Pues, si bien el apoyo lumínico es importante -al crear dos atmósferas diferentes- es el manejo de los matices el que permitirá al espectador atento diferenciar los momentos y decodificar los discursos.

Este proceso de decodificación no es sencillo. Pues, como se ha mencionado, ambos momentos tienen en común la violencia y la desconfianza. Así, estas escenas no resultan antagónicas, sino complementarias.

‘Exhumación’ construye su discurso con una energía contenida, una cualidad de espera que genera una tensión que reta al espectador. La violencia de sus escenas no explota, más bien se recicla. La ausencia de palabras en la relación entre sus personajes condensa aún más la atmósfera.

No es un espectáculo fácil. Obliga al espectador a poner sus sentidos a disposición de la obra. A ser paciente, esperar y observar.

Y así, insertado en esa frecuencia, invadido por los símbolos que la obra ofrece, surge el ambiente para preguntarse: ¿quiénes son estos hombres?, ¿por qué están obligados a estar juntos?, ¿son soldados?, ¿o son otro tipo de combatientes?

O quizá, observando la desarmada cruz de camino, surjan dudas como ¿de qué guerra vienen?, ¿a qué batalla van?, ¿contra quiénes se enfrentan?, ¿a quién deben matar?, ¿qué los hace temer?

Y es que ‘Exhumación’ habla, cómo no, desde la escenografía y los objetos. El montaje es una instalación artística con cuerpos que la habitan. Sus elementos portan los cuestionamientos a la construcción del imaginario masculino. Podría no necesitar más, pero los cuerpos están ahí. Los músculos y los pellejos le otorgan la carga humana y masculina; de dolor, violencia, ternura y un velado erotismo.

‘Exhumación’ arriesga a compartir ritualidades. Una cercana a la tradición popular andina; a través de las referencias a la danza tradicional y su vínculo con la religiosidad. Otra, a partir de ritos sociales de fortaleza y competencia.

Este cruce entre lo religioso, lo pagano, lo ritual y lo cotidiano, enfocado en la construcción de lo masculino, constituye el tejido de la obra.

Su apuesta por combinar la acción concreta con la acción poética, lo evidente-deducible con lo simbólico, le ofrece un alto contenido polisémico, una multiplicidad de lecturas.

‘Exhumación’ decanta por una estética popular. Popular no solo en tanto a la referencia a una danza tradicional o a la religiosidad andina. Popular, también, en su gestualidad, en los pequeños detalles (unas medias, una fruta, un rollo de papel higiénico). Un hálito a plaza, a mercado, a terminal de buses. Esta estética, chola, junto a los dos cholos (casi) cuarentones que la protagonizan, le otorga un valor conflictivo, no complaciente -como el polémico único texto que se enuncia-, al doloroso desmontaje del imaginario masculino.

(*) Infusión caliente mezclada con caña.

(**) Imagen tomada de aquí.

Dirección: Miguel Rubio Zapata
En escena: Ricardo Delgado, Augusto Montero
Dramaturgia: Creación colectiva de Angeldemonio Colectivo Escénico
Asistencia de dirección. Silvia Tomotaki
Creación sonora: Abel Castro
Creación luminotécnica: Igor Moreno Orosco
Asistencia de vestuario: Carla y Lola Montalvo
Máscaras y accesorios: Paul Colinó
Producción artística: Angeldemonio Colectivo Escénico
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